¿Estamos fabricando ciudadanos que no saben pensar por sí mismos?
Hace unos días tuve una conversación que me dejó incómodo. No porque el otro tuviera razón o estuviera equivocado. Sino porque en ningún momento intentó pensar. Repetía posiciones, citaba titulares, reproducía indignaciones prestadas. Era como hablar con alguien que había llegado a la conversación con las conclusiones ya hechas y solo buscaba confirmarlas.
No era una persona tonta. Era una persona que había dejado de ejercitar algo.
El filósofo José Antonio Marina lleva años describiendo un fenómeno que cada vez me parece más urgente nombrar: el sujeto menguante. La idea es sencilla y perturbadora. Las sociedades contemporáneas, con toda su tecnología y su acceso sin precedentes a la información, están produciendo ciudadanos más débiles, no más fuertes. Más crédulos, no más críticos. Más fáciles de manejar, no más difíciles.
No es una teoría conspirativa. Es un diagnóstico que se puede observar sin salir de casa.
Los algoritmos de las plataformas digitales no están diseñados para hacerte mejor persona. Están diseñados para mantenerte dentro. Y lo que mejor retiene la atención no es la información que te hace pensar sino la que te hace sentir. La indignación. El miedo. La confirmación de lo que ya crees. El aumento de las depresiones, la aceptación de los autoritarismos, la credulidad, la polarización: todos estos fenómenos en superficie parecen inconexos pero en profundidad forman un sistema. Un sistema que tiene ganadores.
Los partidos políticos, de cualquier signo, necesitan votantes que reaccionen, no que razone. Una persona que se toma el tiempo de pensar antes de opinar es un problema electoral. Una persona que comparte un titular sin leer el artículo es un activo. El elogio de la pasividad, la pereza intelectual celebrada como autenticidad, la sospecha hacia quien matiza o complica las cosas: todo eso tiene una lógica, aunque nadie la haya coordinado.
Hay algo que me preocupa más que la manipulación explícita. La manipulación explícita se puede detectar y combatir. Lo que me preocupa es el hedonismo suave: la cultura del mínimo esfuerzo intelectual presentada como bienestar. Leer menos, opinar más. Escuchar menos, hablar más. Dudar menos, pertenecer más. Es cómodo. Es comprensible. Y es corrosivo.
La democracia se debilita en la medida en que sus ciudadanos pierden la capacidad de razonar sobre cuestiones complejas, escudriñar la información que consumen y resistir la demagogia. Eso no es una abstracción académica. Es lo que pasa cuando una sociedad decide, poco a poco y sin que nadie lo decrete, que pensar es demasiado esfuerzo.
El sujeto menguante no es el ciudadano ignorante de siempre. Es algo distinto y más difícil de combatir: el ciudadano que tiene acceso a toda la información del mundo y ha decidido no usarla para pensar sino para confirmar. El ciudadano que sabe más datos que cualquier generación anterior y tiene menos criterio propio que muchas de ellas.
Me pregunto qué parte de responsabilidad tenemos quienes escribimos. Si cada artículo que produce indignación fácil, cada análisis que divide el mundo en buenos y malos, cada texto diseñado para ser compartido antes de ser pensado, contribuye a ese sistema aunque no sea la intención.
No tengo una respuesta limpia para eso. Pero me parece una pregunta que vale la pena no esquivar.