Un ateo fue a Mongolia a preguntarle al Papa si los muertos se reencuentran. Yo, que sí creo, no habría tenido el valor.
Hay libros que uno termina y no sabe bien qué hacer con ellos. "El loco de Dios en el fin del mundo" de Javier Cercas es uno de esos. Lo cerré con la sensación de que el autor había llegado más lejos que yo en un territorio que se supone que es el mío.
Cercas es ateo. Lo declara en la primera página sin pedir disculpas: ateo, anticlerical, laicista militante, racionalista contumaz. Y sin embargo aceptó subirse a un avión con el Papa Francisco rumbo a Mongolia porque quería hacerle una pregunta que ningún periodista vaticanista se habría atrevido a formular: si su madre y su padre se reencontrarían más allá de la muerte. Su madre, católica devota en los últimos tramos de la vida, esperaba la respuesta.
Eso no es periodismo. Es otra cosa. No sé exactamente qué, pero es otra cosa.
Yo creo. No de la manera en que se cree cuando se ha razonado todo y se ha llegado a una conclusión, sino de la manera más incómoda: la que convive con las dudas, la que a veces no encuentra palabras, la que prefiere el silencio de una iglesia vacía a cualquier debate teológico. Una fe que no necesita demostrarse pero que tampoco se esconde. La de alguien que comulga con la Iglesia sin cerrar los ojos ante sus contradicciones.
Y precisamente por eso el libro de Cercas me inquietó más de lo que esperaba.
Porque un hombre que no cree en nada viajó hasta el fin del mundo para hacerle al representante de Dios en la Tierra la pregunta más humana que existe. Y en ese gesto hay algo que muchos creyentes no hacen:tomarse la fe en serio como pregunta, no solo como respuesta.
El Vaticano eligió a Cercas precisamente porque era ateo e irreverente, y él avisó desde el principio de que no iba a cumplir los preceptos ni a tratar el viaje con reverencia institucional. Eso, que podría haber producido un libro cínico, produjo lo contrario. Cercas llega a Mongolia, una geografía que se extiende entre Rusia y China con una comunidad católica minúscula atendida por misioneros de los rincones más olvidados del mundo, y el viaje lo conmueve. No lo convierte. Pero lo conmueve. UNDP
Esa distinción importa.
La Iglesia que aparece en estas páginas no es la de los escándalos ni la de los palacios. Es la de los misioneros que llevan décadas en un lugar donde casi nadie los necesita, aprendiendo idiomas que no habla nadie, viviendo en condiciones que la mayoría no soportaría. Cercas los mira con una mezcla de perplejidad y respeto que él mismo no termina de explicarse. Y esa perplejidad es lo más honesto del libro.
Francisco aparece como un anciano que sabe que le queda poco tiempo y que ha decidido gastar lo que le queda en las periferias. No en los centros de poder, no en los grandes foros, sino en los lugares donde la Iglesia tiene menos que ganar. Hay algo en esa elección que el propio Cercas, con toda su desconfianza hacia la institución, no puede ignorar.
La pregunta final, la que motivó todo el viaje, la que Cercas le lleva a su madre de vuelta desde Mongolia, no la voy a contar aquí. Hay que leer el libro para eso. Lo que sí diré es que la respuesta del Papa no es la que uno esperaría de un documento oficial del Vaticano. Es la de un hombre que también ha pensado en eso, que también lo ha necesitado, y que responde desde ahí.
Me quedé pensando en qué habría hecho yo en el lugar de Cercas. Creo que no habría preguntado. Por pudor, por miedo a la respuesta, o quizás porque a veces la fe funciona también como una manera de no necesitar que nadie te confirme nada.
Cercas no tiene ese escudo. Y por eso pudo hacer lo que yo no habría hecho.
Eso me pareció lo más interesante del libro. Que a veces los que no creen hacen las preguntas más serias sobre lo que significa creer.