Madrid ya no es solo Madrid. Y el Mundial lo dejó en evidencia.
El jueves pasado, el 11 de junio, México ganó a Sudáfrica 2-0 en el Estadio Azteca. Era el partido inaugural del Mundial. Yo estaba en Madrid.
En el bar de siempre había una pantalla puesta. En la mesa de al lado, cuatro venezolanos con la camiseta de la Vinotinto, aunque Venezuela no esté en el torneo. Afuera, en la acera, el restaurante mexicano de enfrente había pegado un banderín en la ventana. Y muy cerca en la calle, un grupo de colombianos seguía el partido en el móvil rodeados de madrileños que miraban la pantalla gigante con esa mezcla de interés y distancia que tienen los europeos cuando ven fútbol que no es el suyo.
Llevaba años viendo cómo Madrid cambiaba. Ese jueves lo vi todo junto en un mismo encuadre.
De 85.000 a más de un millón
En 1999, había 85.237 latinoamericanos empadronados en Madrid. En 2024, según el INE, esa cifra superó el millón. No es un crecimiento gradual, es una transformación de otra escala. En veinticinco años, la comunidad latinoamericana en Madrid se multiplicó por doce.
Los grupos más grandes son los venezolanos y los colombianos. Los venezolanos son hoy el segundo colectivo extranjero con más afiliaciones a la Seguridad Social en Madrid, por encima de los italianos y los peruanos. No llegaron a hacer turismo. Llegaron a quedarse, a trabajar, a montar negocios, a criar hijos que ya hablan con acento madrileño pero que en casa comen arepas.
Los mexicanos son otra historia. Son pocos en términos numéricos, unos 8.000 en toda la ciudad según estimaciones consulares. Pero su huella gastronómica es desproporcionada. En el último año abrieron 70 restaurantes mexicanos en Madrid. Setenta. El mercado de comida mexicana en España creció un 18% anual durante los últimos cinco años y facturó 74 millones de euros en 2024. Eso no lo explica una comunidad de 8.000 personas. Lo explica una cocina que convenció a los madrileños de que el taco y el mezcal merecen un sitio en su vida.
Cómo celebra un latino el Mundial
En Ciudad de México, el día del partido inaugural, grupos con penachos aztecas y atuendos prehispánicos bailaban con tambores en la Avenida del Imán rumbo al estadio. Una pareja llegó con su xoloitzcuintle. Alguien dijo a un periodista: "Venimos a honrar a nuestros ancestros y a mostrar que esta tierra tiene raíces profundas, más allá del fútbol." Salma Hayek, embajadora oficial del torneo, tomó el campo del Estadio Azteca vestida de rojo para dar la bienvenida a las 48 selecciones participantes. Shakira cerró el espectáculo cantando "Dai Dai", el tema oficial del Mundial, junto al nigeriano Burna Boy, ante más de 80.000 personas.
En Madrid, plazas y bares pusieron pantallas. La gente fue con su cerveza.
No digo que una forma sea mejor que la otra. Digo que son dos formas completamente distintas de vivir el mismo evento, y que esa diferencia dice algo sobre cómo cada cultura procesa la celebración colectiva. El latino tiende a hacer del fútbol una fiesta que desborda el partido en sí, que convoca historia, música, identidad, comida, familia. El europeo tiende a contenerlo dentro del marcador.
Cuando esas dos formas conviven en la misma ciudad, como conviven hoy en Madrid, el resultado es raro y fascinante al mismo tiempo.
La ciudad que nadie diseñó
Madrid no planificó convertirse en la capital iberoamericana de Europa. Pasó. La lengua compartida ayudó, la estabilidad económica también, y la crisis en varios países de la región hizo el resto. Pero el resultado es una ciudad donde hoy coexisten formas de entender el mundo que hace treinta años estaban a diez mil kilómetros de distancia.
Eso se ve en la comida antes que en cualquier otra cosa. Los restaurantes son el primer síntoma de que una comunidad llegó para quedarse. Antes de que haya barrios, antes de que haya colegios, antes de que haya instituciones, hay un restaurante que cocina lo que la gente necesita comer para no perder del todo de dónde viene.
Madrid tiene ya esa capa. Los tacos de la calle Ponzano. Los restaurantes venezolanos de Lavapiés. Las panaderías colombianas de Vallecas. Las carnicerías peruanas de Carabanchel. No es un fenómeno turístico. Es una ciudad que se está reescribiendo por dentro.
Y el Mundial lo puso en primer plano porque de repente todas esas comunidades que llevan años aquí en silencio, trabajando, pagando impuestos, criando hijos, salieron a ver el fútbol con su bandera, con su acento, con su manera de gritar un gol que no tiene nada que ver con cómo lo grita un madrileño de toda la vida.
Me quedé pensando en eso en el bar, mientras el venezolano de la mesa de al lado pedía otra ronda y el restaurante mexicano de enfrente bajaba la persiana con el banderín todavía puesto en la ventana.
Esta ciudad ya es otra. Y me parece que todavía no terminamos de darnos cuenta.