Kant le ponía mostaza a todo. Y eso explica más de su filosofía de lo que parece.
Encontré "Filosofía en la cocina" de Francesca Rigotti en una librería de Madrid hace unos días. El título me hizo gracia, lo compré sin pensarlo mucho, y resultó ser uno de los libros más placenteros que he leído este año. Ciento treinta y seis páginas que demuestran algo que sospechaba desde hace tiempo sin saber cómo nombrarlo: pensar y comer son, en el fondo, el mismo gesto.
Rigotti es filósofa italiana, doctora en Filosofía, profesora de teoría política en la Universidad de Lugano. Y en este libro hace un ejercicio que me pareció delicioso, literalmente: recorre la historia de la filosofía occidental a través de lo que comían los filósofos, de cómo hablaban de comida, y de cuántas metáforas culinarias usamos sin notarlo cuando pensamos.
Empecemos por el dato que más me divirtió. Kant le ponía mostaza a todo. A todo. Y Rigotti no lo menciona como cotilleo gastronómico sino como pista filosófica: un hombre obsesionado con el orden, el método y la disciplina, que necesitaba ese punto de intensidad y previsibilidad en cada plato. Hegel, en cambio, amaba el vino, lo cual tampoco es casualidad para un filósofo cuya dialéctica gira alrededor de la transformación, de cómo algo se vuelve otra cosa sin dejar de ser lo que era. Y Platón comía aceitunas e higos secos, alimentos simples, casi austeros, coherentes con un pensador que desconfiaba de los placeres del cuerpo y prefería las ideas puras.
No sé si Rigotti tiene razón en cada una de estas lecturas. Pero el ejercicio me parece fascinante: leer la filosofía de alguien a través de su mesa.
Lo que más me quedó dando vueltas en la cabeza es algo más profundo que el libro plantea casi de paso. Las palabras que usamos para pensar están llenas de comida. Devoramos un libro. Digerimos una idea. Masticamos un argumento. Tenemos sed de conocimiento. Rigotti dice algo que se me quedó grabado: que conocer y comer están hechos de la misma sustancia, que entran y salen de nuestro cuerpo por la misma boca.
Eso no es solo una curiosidad lingüística. Es una pista sobre cómo funciona nuestra mente. Pensamos con metáforas del cuerpo porque no tenemos otra forma de pensar. No existe el conocimiento puro, desconectado de lo físico. Hasta la abstracción más elevada la describimos con verbos que vienen de la mesa.
El libro tiene ocho capítulos con títulos que ya anuncian el tono, "Saber y sabor", "El apetito de los filósofos", "El régimen filosófico". Y aunque suena a juego de palabras, Rigotti lo toma en serio sin perder el humor. Hay un capítulo entero sobre cómo estructurar un argumento filosófico se parece sospechosamente a preparar un plato complejo: hay que elegir los ingredientes adecuados, dosificarlos, darles tiempo, servir el resultado en el momento justo.
Pensé en esto mientras cocinaba el otro día. Estaba preparando algo simple, una salsa con tomate concentrado y unas anchoas, y me di cuenta de que estaba tomando exactamente las mismas decisiones que tomo cuando escribo un artículo. Qué ingredientes incluir y cuáles descartar. Cuánto desarrollar cada idea antes de pasar a la siguiente. Cuándo el conjunto está listo y cuándo todavía le falta algo, aunque no sepa exactamente qué.
Rigotti diría que no es casualidad. Que cocinar y pensar comparten una misma lógica de composición, de equilibrio, de tiempo.
Hay algo reconfortante en esa idea para quienes amamos la cocina y también nos apasiona pensar. Durante siglos, la filosofía se trató como territorio exclusivamente masculino y abstracto, mientras la cocina quedaba relegada al ámbito doméstico y femenino, como si fueran mundos sin conexión. Rigotti los junta de nuevo, sin solemnidad, con la misma ligereza con la que se prepara una buena receta.
Termino el libro pensando que la próxima vez que alguien me pregunte por qué me gusta tanto cocinar, voy a responder algo distinto. No es solo placer ni nostalgia familiar. Es que en la cocina pienso de la misma forma en que pienso cuando escribo. Con las manos, con el tiempo, con la paciencia de dejar que las cosas encuentren su punto exacto.