El sujeto que se explota a sí mismo creyendo que se está realizando

Hace unos días me descubrí revisando el teléfono mientras esperaba que hirviera el agua para el café. Treinta segundos. Ni siquiera había una razón, ninguna notificación pendiente, solo el gesto automático de llenar cualquier hueco de tiempo con algo. Me pareció ridículo y a la vez completamente normal, que es justo lo que lo hace inquietante.

Esa escena pequeña es el punto de entrada perfecto para entender a Byung-Chul Han, el filósofo surcoreano que hoy es, según varios críticos, el pensador de filosofía contemporánea más leído en español. Ganó el Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2025. Y lleva más de una década escribiendo sobre algo que la mayoría de nosotros vivimos sin tener el lenguaje para nombrarlo.

Han llama a esto la sociedad del rendimiento. Su tesis central, desarrollada sobre todo en "La sociedad del cansancio", es que ya no vivimos bajo un poder que nos oprime desde afuera. No hay un jefe gritando órdenes, ni una policía vigilando cada movimiento. Lo que tenemos es algo más sutil y, según Han, más difícil de combatir: nos hemos convertido en empresarios de nosotros mismos, y nos explotamos voluntariamente creyendo que nos estamos realizando.

Hay una frase suya que resume el diagnóstico entero. El sujeto del rendimiento se explota a sí mismo creyendo que se está realizando. No hace falta que nadie te obligue a contestar el correo a las once de la noche. Lo haces porque sientes que si no lo haces, te estás quedando atrás. No hace falta que alguien te obligue a publicar en redes lo que comiste, dónde viajaste, qué leíste. Lo haces porque la sociedad de la transparencia, otro concepto suyo, exige mostrarlo todo, explicarlo todo, publicarlo todo. El silencio y la intimidad se vuelven sospechosos, casi un fallo del sistema.

Lo que más me interesó al leer sobre su trabajo es la crítica que hace al mindfulness, justamente la práctica que muchos consideramos el antídoto contra todo este desgaste. Han no está de acuerdo. Define al mindfulness como la espiritualidad del régimen neoliberal, porque en su forma más popular pone la espiritualidad al servicio de la producción y el rendimiento. Meditas diez minutos para rendir mejor en el trabajo. Haces yoga para gestionar mejor el estrés que te genera el trabajo. El descanso deja de ser descanso y se vuelve una herramienta más de optimización.

Eso me hizo pensar en cuántas cosas que considero pausas son en realidad rendimiento disfrazado. Salgo a caminar y termino contando los pasos. Leo un libro y termino anotando frases para usarlas después en algo, como estoy haciendo ahora mismo con este artículo, lo cual es una ironía que el propio Han probablemente disfrutaría señalar.

Frente a este diagnóstico, lo que propone Han no es una solución práctica con pasos numerados. Es algo más radical y menos vendible: un elogio de la inactividad. Recuperar el aburrimiento, la contemplación, el no hacer nada sin que ese no hacer nada tenga un propósito posterior. Para Han, eso no es pereza. Es casi un acto de resistencia política, porque va en contra de la lógica que organiza casi toda la vida contemporánea.

No tengo claro si eso es realmente posible en la práctica. Quizás la inactividad genuina, sin ningún cálculo de productividad escondido, es casi imposible de lograr cuando uno lleva años entrenado para sentir culpa frente a la pausa. Pero me parece que el solo hecho de identificar ese mecanismo, de saber que existe, ya cambia algo en cómo uno se mira a sí mismo cuando agarra el teléfono mientras espera que hierva el agua.

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