El silencio que salva

En mi casa tengo un rinconcito dedicado a San José. Esta semana, con todo lo que está pasando en Venezuela, me quedé mirándolo más tiempo del habitual, pensando en algo que no esperaba encontrar ahí: una explicación al silencio.

San José no tiene una sola palabra registrada en los Evangelios. Todo lo que sabemos de él lo sabemos por lo que hizo, no por lo que dijo. El Papa Francisco lo describió como un hombre con "fortaleza de ánimo y capacidad de atención, de compasión, de verdadera apertura al otro." Su silencio, decían quienes lo estudiaron, no era pasividad. Era una forma de escucha activa, de estar atento a lo que de verdad importaba antes de actuar.

Esta semana entendí ese silencio de una manera que no había considerado antes.

Cuando un rescatista de Los Topos de México levanta el puño cerrado entre los escombros de un edificio derrumbado, eso significa silencio total. Nadie habla. Nadie se mueve. Todos escuchan. Es el protocolo que usan en cualquier desastre del mundo, y lo están usando ahora mismo en La Guaira y en Caracas. Bajo ese mismo silencio absoluto, los perros rescatistas hacen su inspección entre los restos, y cuando marcan una señal, todo el equipo concentra ahí su esfuerzo de excavación.

Ese silencio no es ausencia de acción. Es el instrumento más preciso que tienen para encontrar vida.

Hay una escena que no he podido dejar de pensar desde que la leí. Después de más de sesenta horas bajo los escombros en Playa Grande, La Guaira, una mujer de ochenta años llamada Marlene seguía con vida. Un rescatista ecuatoriano se acostó boca abajo sobre una losa de concreto para llegar hasta ella. Rompió el silencio con una sola frase: "Marlene, mi nombre es Ángel. Venimos de Ecuador a ayudarte." La sacaron con vida.

Un hombre llamado Ángel, rompiendo el silencio para devolver a alguien a la vida. No necesito creer en señales para reconocer que esa imagen me atraviesa.

Lo que más me ha movido esta semana es ver esa misma entrega en dos planos a la vez: los equipos internacionales que llegaron con años de entrenamiento y protocolo, y la gente común de mi país que sin ningún entrenamiento hizo exactamente lo mismo, guiada solo por el instinto de no dejar a nadie atrás. En muchos barrios, los primeros en llegar a los edificios colapsados no fueron los especialistas. Fueron los vecinos, con picos, palas y las manos desnudas, removiendo escombros para buscar a quien pudiera estar atrapado. Elvis Boada, un ingeniero electricista que perdió su casa de cuatro pisos en La Guaira y a una vecina y amiga en el derrumbe, decidió convertir su duelo en trabajo. Con herramientas prestadas, se sumó a la remoción de escombros de otro edificio. Dijo algo que resume todo: "Solo tenemos la vida, y eso es suficiente."

Restaurantes enteros cerraron sus puertas a los clientes para abrirlas a quien necesitaba comer. Médicos, psicólogos e ingenieros armaron redes para atender a los afectados sin que nadie se los pidiera. Nadie organizó esto desde arriba. Nació de la gente, como nace siempre que algo grave golpea a Venezuela.

Pienso en San José, en su silencio que escuchaba antes de actuar. Pienso en el puño cerrado de un rescatista pidiendo silencio para que un perro pueda detectar un latido bajo el concreto. Pienso en Ángel, acostado sobre una losa, rompiendo ese silencio justo en el momento exacto en que hacía falta una voz. Y pienso en Elvis, metiendo las manos en los mismos escombros que se llevaron a su amiga, porque entendió que ese duelo se procesa mejor trabajando que llorando solo.

Ese es el hilo que veo entre todo esto. La fe, en su forma más simple, no es ruido. Es atención. Es estar presente, callado, hasta el momento exacto en que hace falta moverse o hablar. Cada minuto de silencio en los escombros de Venezuela esta semana se ha multiplicado en la posibilidad de que alguien más, en algún lugar bajo esas ruinas, siga teniendo una oportunidad.

Por eso hoy pido que oremos. Que tengamos fe, la misma que sostuvo a San José en el silencio, la misma que sostiene hoy a cada rescatista que mete las manos en los escombros. Y que sigamos ayudando, cada uno desde donde pueda, porque ninguna adversidad, ni siquiera esta, es más grande que lo que somos capaces de hacer cuando nos sostenemos juntos.

Fuerza, Venezuela. No estamos solos.

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