Lo que los pueblos hacen cuando todo se cae
Esta semana no puedo dejar de pensar en una pregunta que me parece más útil que el dolor: ¿cómo salen los pueblos de esto?
No me refiero a los gobiernos. Me refiero a la gente. A lo que ocurre cuando los vecinos se miran entre sí y deciden actuar juntos.
Venezuela está viviendo eso ahora mismo. Y no es la primera vez que un pueblo tiene que responder a esa pregunta en condiciones imposibles.
Japón, 2011
El 11 de marzo de 2011, un terremoto de magnitud 9.1 sacudió la costa noreste de Japón. Minutos después, el tsunami arrasó ciudades enteras y alcanzó la planta nuclear de Fukushima, cortando el suministro eléctrico y provocando el accidente nuclear más grave desde Chernobyl. Casi 20.000 personas murieron. Fue uno de los desastres más graves de la historia moderna.
Lo que siguió sorprendió al mundo casi tanto como el desastre en sí.
En las zonas afectadas no hubo saqueos. Los supermercados que sobrevivieron distribuyeron comida de forma ordenada. Las filas para recibir ayuda eran silenciosas. Los voluntarios llegaron por miles sin que nadie los convocara formalmente. Japón tiene un concepto para eso: ganbaru, que no tiene una traducción exacta al español pero que significa algo como resistir y seguir adelante, juntos, sin dramatizar. No es un lema. Es un código cultural que se activa cuando las cosas se ponen difíciles.
La reconstrucción de Tohoku tardó años. Algunas comunidades costeras decidieron no volver a construir en las mismas zonas y se trasladaron a cotas más altas. Otras rediseñaron sus sistemas de alerta. Lo que no hicieron fue esperar a que alguien de fuera les dijera cómo vivir.
Rwanda, 1994
Este es el caso que más me cuesta contar, porque es el más extremo de todos.
En cien días, entre abril y julio de 1994, entre 800.000 y un millón de personas fueron asesinadas en Rwanda. El genocidio fue perpetrado por rwandeses contra rwandeses. Cuando terminó, el país tenía que hacer algo que parece imposible: reconstruirse con las mismas personas que habían intentado destruirse mutuamente.
Lo que Rwanda hizo en las décadas siguientes no tiene un modelo claro en ningún manual. Crearon los gacaca, tribunales comunitarios donde los sobrevivientes confrontaban a sus agresores en público, sin la lentitud de la justicia formal. No era justicia perfecta. Pero funcionó como mecanismo de convivencia donde ningún otro habría llegado. Y reinstauraron el umuganda, una práctica ancestral que consiste en dedicar el último sábado de cada mes a trabajar juntos en proyectos comunitarios, limpiar calles, construir escuelas, reparar caminos. Obligatorio para todos los ciudadanos, sin excepción.
Rwanda hoy tiene una de las economías de mayor crecimiento en África, con tasas que han promediado el 7 y el 8% anual durante dos décadas. No porque olvidó lo que pasó, sino porque encontró la manera de seguir viviendo con ello.
Islandia, 2008
La crisis financiera de 2008 quebró a Islandia de una manera que no tiene precedentes en tiempos de paz. Los tres bancos más grandes del país colapsaron en cuestión de días. La deuda de esos bancos alcanzó casi diez veces el PIB nacional. El país quedó técnicamente en quiebra.
Lo que siguió fue inusual. Los ciudadanos salieron a las calles, en el frío del invierno ártico, golpeando cacerolas frente al parlamento. El gobierno cayó. Los banqueros fueron a juicio, 31 personas condenadas a un total de 99 años de cárcel. Islandia se negó a rescatar a sus bancos con dinero público y dejó que quebraran. Y la ciudadanía impulsó un proceso para redactar una nueva constitución, con 25 ciudadanos electos que trabajaron de forma abierta y participativa durante meses. El proceso no terminó de aprobarse formalmente en el parlamento, pero cambió algo en la manera en que los islandeses entendían su relación con las instituciones.
En pocos años, Islandia se había recuperado. Con tasas de crecimiento que doblaban la media europea.
Lo que ya está ocurriendo en Venezuela
Estas semanas pasadas vi algo en los reportes que llegan desde La Guaira y Caracas que conecta directamente con esos tres casos.
Los primeros en llegar a los edificios derrumbados fueron los vecinos, con lo que tenían en casa. Restaurantes que cerraron a sus clientes para dar de comer a los rescatistas. Médicos y psicólogos que armaron redes independientes sin que nadie se los pidiera. Plataformas ciudadanas para localizar desaparecidos que surgieron en horas, organizadas por gente anónima que no pertenecía a ninguna institución.
Eso no es improvisación. Es lo mismo que Japón llama ganbaru, lo mismo que Rwanda canalizó a través del umuganda, lo mismo que Islandia expresó golpeando cacerolas en la nieve. Es la capacidad de una sociedad para organizarse, para activarse, para encontrar la manera cuando el camino no está trazado.
La diferencia entre los países que salen de una catástrofe y los que no suele estar ahí, no en la magnitud del desastre sino en la fortaleza del tejido social que existía antes de que ocurriera, y en la disposición de la gente a confiar en sí misma.
Venezuela lleva años mostrando ese tejido, con una diáspora que no corta el vínculo con los que se quedaron, con comunidades que sobreviven con una creatividad que ninguna crisis económica logró apagar, con una forma de solidaridad que se activa casi sin necesidad de coordinación.
No sé cómo va a salir Venezuela de esto. Nadie lo sabe todavía. Pero sí sé que la materia prima para salir está ahí. La estamos viendo esta semana, en cada persona que metió las manos en los escombros sin que nadie se lo pidiera.