La trampa del ayer. Por qué añoramos un pasado que tampoco fue tan bueno.

Hace unos días vi en redes una frase que alguien compartía con una nostalgia casi religiosa: "Antes la gente era más feliz porque no había redes sociales." Cuatro mil likes. Cientos de comentarios de acuerdo. Y yo pensando: ¿antes cuándo? ¿En qué año exactamente éramos más felices? ¿En 1987? ¿En 1965? ¿Antes de qué, exactamente?

La persistencia de la memoria de Salvador Dalí, 1931

La nostalgia es uno de los sentimientos más poderosos que existen. Y uno de los más manipulables.

Zygmunt Bauman, el sociólogo polaco que pasó la última década de su vida intentando describir lo que estaba pasando en las sociedades occidentales, acuñó un término que me persigue desde que lo leí: retrotopía. La idea es sencilla y perturbadora. Durante siglos, los seres humanos colocaron sus utopías en el futuro. Soñábamos con un mundo mejor que todavía no existía pero que podíamos construir. Eso nos daba dirección, nos daba energía para el presente. Bauman argumenta que algo cambió en las últimas décadas: ya no soñamos con un futuro mejor sino con un pasado que idealizamos. La utopía se mudó al ayer.

Eso tiene consecuencias.

La psicología lo llama "sesgo de retrospección idílica": la tendencia a recordar el pasado de forma más positiva de lo que fue en realidad. No es falsedad consciente. Es cómo funciona la memoria. Recordamos los momentos buenos con más nitidez que los malos. Olvidamos los conflictos, la incomodidad, los problemas que en su momento nos parecían insolubles. Y lo que queda es una imagen limpia, reconfortante, que el presente difícilmente puede igualar porque el presente lo vivimos con toda su complejidad, sus ruidos y su incertidumbre.

La presidenta de la Asociación Psicoanalítica Argentina, Mirta Goldstein, lo resume con una frase que me parece exacta: "La idea de que todo pasado fue mejor es propia de las resistencias al cambio. Cambiar implica aceptar lo transitorio, lo efímero, la finitud." La nostalgia, en este sentido, no es un deseo genuino de volver al pasado. Es una dificultad para habitar el presente.

Eso por sí solo ya sería interesante. El problema empieza cuando la política descubre ese mecanismo y decide aprovecharlo.

La nostalgia política produce algo que los investigadores del British Journal of Political Science describen como "memoria selectiva": borra los conflictos del pasado, simplifica narrativas complejas y ofrece una versión purificada de lo que fuimos, capaz de oponer el "nosotros" al "ellos". No es un recurso exclusivo de ninguna tendencia ideológica. La derecha populista añora un orden y una homogeneidad que nunca fue tan perfecta como la recuerda. Cierta izquierda idealiza los años del estado de bienestar olvidando convenientemente sus exclusiones. La memoria es selectiva en todos los casos. Lo que cambia es qué se borra.

El mecanismo funciona porque toca algo real. Detrás de cualquier nostalgia hay un valor genuino que la persona echó de menos. Cuando alguien dice que antes había más comunidad, más tiempo para la familia, más certeza sobre el futuro, probablemente no está equivocado en el diagnóstico. Está equivocado en la solución. La respuesta no es volver al pasado, que no existe como lugar al que se pueda regresar. La respuesta es identificar qué es lo que se echa de menos y preguntarse cómo construirlo en el presente.

Esa distinción me parece la más importante que se puede hacer con la nostalgia.

Lo viví de cerca con la diáspora venezolana. Hay una nostalgia colectiva muy real por el país que conocimos, por la Venezuela de antes de que todo se complicara. Y entiendo esa nostalgia porque yo también la tengo. Pero cuando esa nostalgia se convierte en el único relato disponible sobre Venezuela, algo falla. Porque el país que añoramos tampoco era perfecto. Tenía sus propias exclusiones, sus propias inequidades, sus propios problemas que en aquel momento no teníamos la distancia para ver con claridad.

Lo que vale la pena preservar de ese pasado no es el pasado en sí. Son los valores que proyectamos en él: la solidaridad, el sentido de comunidad, la sensación de que el futuro era algo que se podía construir. Esos valores no viven en 1985 ni en ningún otro año. Viven, o no viven, en las decisiones que tomamos hoy.

Bauman decía que la retrotopía es un síntoma de sociedades que perdieron la capacidad de imaginar el futuro. Y eso me parece el diagnóstico más preocupante. No la nostalgia en sí, que es una emoción humana legítima y a veces necesaria. Sino la nostalgia que se instala como sustituto del pensamiento sobre lo que viene. La que paraliza en lugar de orientar.

La memoria es útil cuando la usamos como combustible. Cuando nos recuerda qué quisimos ser y nos ayuda a entender por qué no llegamos a serlo. Cuando nos da material para construir algo nuevo con más criterio que el que teníamos entonces.

El problema es cuando la usamos como refugio. Cuando nos quedamos ahí adentro porque afuera todo parece demasiado complicado y el pasado, al menos, ya lo conocemos.

Ese es el momento en que la nostalgia deja de ser una emoción y se convierte en una trampa.

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