La historia no se va de vacaciones. Nosotros sí.
Estoy escribiendo esto en agosto. Madrid medio vacía, el ritmo más lento, la sensación de que el mundo respira diferente. Y sin embargo, cada vez que me pongo a pensar en los eventos que más cambiaron la historia reciente, me encuentro con que una cantidad desproporcionada de ellos ocurrió exactamente en este mes.
No es superstición. Es un patrón que vale la pena mirar.
La madrugada del 13 de agosto de 1961
Los berlineses se fueron a dormir el 12 de agosto de 1961 con la ciudad dividida políticamente pero todavía transitable. Al despertar el 13, encontraron alambres de espino separando calles, vecindarios, familias. En menos de doce horas, sin previo aviso, la República Democrática Alemana había sellado la frontera. Dos meses antes, el jefe de Estado Walter Ulbricht había dicho en rueda de prensa, con toda la calma del mundo: "Nadie tiene la intención de construir un muro." Lo construyeron de noche, en agosto, cuando nadie miraba.
El Muro de Berlín duró 28 años.
El 19 de agosto de 1953
Mohammad Mosaddegh era el primer ministro democráticamente electo de Irán. Había nacionalizado el petróleo iraní, lo que le valió la enemistad simultánea del gobierno británico y la administración Eisenhower. La CIA y el MI6 organizaron la Operación Ajax para derrocarlo. El golpe culminó el 19 de agosto. Mosaddegh fue arrestado, juzgado por traición y condenado. El Shah recuperó el poder absoluto que mantendría hasta 1979.
Las consecuencias de esa operación de agosto todavía configuran la relación entre Irán y Occidente hoy. Cada negociación nuclear, cada sanción, cada amenaza recíproca tiene sus raíces en lo que ocurrió en agosto de 1953. No es exageración. Es lo que dicen los historiadores que llevan décadas estudiando el expediente.
El 19 de agosto de 1991
Mijaíl Gorbachov estaba de vacaciones en su dacha de Crimea cuando miembros de su propio gobierno y del KGB intentaron deponerlo. Lo pusieron bajo arresto domiciliario. Emitieron un comunicado diciendo que el presidente estaba enfermo. En Moscú entraron los tanques.
El detalle que me resulta más revelador es este: el golpe lo dieron precisamente para impedir que Gorbachov firmara un nuevo tratado de unión el día siguiente, el 20 de agosto. Una semana antes, en agosto, con los parlamentos en receso, con la atención pública dispersa entre las playas y los periódicos de verano, era el momento de actuar. El golpe fracasó, pero sus consecuencias no: aceleró la disolución de la URSS que se formalizó en diciembre de ese mismo año.
El 6 y el 9 de agosto de 1945
Hiroshima y Nagasaki son los casos más extremos. La decisión de lanzar las bombas atómicas se tomó en el contexto de una guerra que llevaba años en curso, con todos los mecanismos institucionales de guerra activos. No fue un descuido de verano. Pero el resultado, la inauguración de la era nuclear y el fin de la Segunda Guerra Mundial, ocurrió en agosto y cambió la arquitectura completa del orden internacional durante décadas.
Cuatro eventos. Cuatro agostos. Cuatro momentos en que el mundo giró en una dirección que nadie había votado, muchas veces mientras quienes debían estar atentos miraban para otro lado.
El problema no es el descanso
Aquí es donde quiero ser preciso, porque el argumento fácil sería decir que la gente no debería descansar en agosto. Eso sería una tontería y no es lo que pienso.
El problema no es que los ciudadanos descansen. El problema es que los sistemas que deberían funcionar con independencia de si alguien está mirando, a menudo no funcionan así. El Muro de Berlín se construyó de noche porque los golpistas sabían que la guardia baja en agosto, que los parlamentos están en receso, que la atención pública está en otra parte. El golpe contra Gorbachov se programó para el día anterior a la firma de un tratado, aprovechando la dispersión del verano. La Operación Ajax en Irán se ejecutó cuando la oposición popular estaba menos organizada para resistir.
Los que mueven las piezas en el tablero no se van de vacaciones. Lo que sí se va, a veces, es la capacidad institucional de responder.
La ola de calor de Francia en agosto de 2003 mató a 14.800 personas en dos semanas. El sistema sanitario colapsó. Los médicos estaban de vacaciones, los hospitales sin personal suficiente de guardia, los protocolos de emergencia para calor extremo, inexistentes. No fue un problema de mala suerte ni de meteorología imprevisible. Fue un fallo de diseño institucional: nadie había construido un sistema que funcionara aunque la gente descansara.
Eso es lo que me parece más urgente pensar. Una democracia sana, una institución bien construida, un sistema de respuesta ante emergencias que valga algo, no puede depender de que sus ciudadanos o sus funcionarios estén en guardia permanente los doce meses del año. Los seres humanos necesitan descanso para funcionar bien. Los sistemas necesitan estar diseñados para que ese descanso no sea una vulnerabilidad.
Francia lo aprendió en 2003 y reformó su sistema de salud pública para temperaturas extremas. España creó la UME en 2005, en parte, porque una nevada de diciembre dejó a miles de personas atrapadas en una autovía y el Estado no tenía mecanismo para responder. El Mecanismo Europeo de Protección Civil existe porque décadas de catástrofes mal coordinadas demostraron que la buena voluntad sin protocolo no alcanza.
Esos sistemas se construyeron después del fallo. Siempre después.
La pregunta que me quedo pensando este agosto es cuántos sistemas todavía no hemos construido, cuántas instituciones todavía dependen de que alguien esté mirando para funcionar, y qué ocurrirá la próxima vez que la guardia baje y nadie haya diseñado algo que funcione sin ella.