Creer en algo. Lo que la ciencia tardó décadas en admitir.

Este ha sido un año raro para pensar en la fe.

No porque haya habido más desastres que otros años, aunque los ha habido. Sino porque este año los desastres llegaron seguidos, uno encima del otro, sin tiempo para digerir el anterior. El terremoto de La Guaira en junio. Los incendios de Madrid en julio. Los conflictos que no terminan. Hay algo en esa acumulación que te obliga a preguntarte por qué algunas personas salen de eso y otras no. Y qué es lo que las sostiene cuando todo lo demás cede.

Piedad Bandini -Michelangelo Buonarroti

Llevo meses pensando en esa pregunta. Y la respuesta que encontré no viene de la teología sino de la psicología, lo cual me parece, en sí mismo, uno de los datos más interesantes del año.

En mayo de 2026, la Escuela de Medicina de Harvard celebró su 6° Foro Global sobre Espiritualidad, Religión y Salud Mental. No es un evento menor ni marginal. Es Harvard. Y lo que presentaron ahí fue algo que durante décadas la academia había preferido no tocar: que la fe, en sus distintas formas, tiene efectos medibles y verificables sobre la salud mental. Prevención de la depresión. Reducción del riesgo de suicidio. Mejor recuperación de adicciones. Mayor resiliencia emocional ante eventos traumáticos.

Uno de los psiquiatras presentes dijo algo que no puedo dejar de pensar: "Ignorar la espiritualidad de los pacientes puede ser un error ético y científico."

No un error sentimental. Uno científico.

Lo que la ciencia está intentando entender es algo que quienes tienen fe conocen de una forma más intuitiva: que creer en algo más grande que el momento actual cambia cómo el cerebro procesa la adversidad. No la elimina. No la hace desaparecer. Pero la encuadra de otra manera. Le da un contexto que permite seguir funcionando cuando todo lo demás dice que no hay razón para hacerlo.

Carl Jung lo estudió desde la psicología antes de que fuera políticamente cómodo hacerlo. Para él, la espiritualidad era parte esencial de la vida psíquica del ser humano. Negarla era perder una herramienta. El Journal of Adult Development publicó estudios que muestran que la espiritualidad, combinada con la atención plena, actúa como moderador del estrés en situaciones de crisis. No como placebo. Como mecanismo real.

Lo que me parece más interesante de todo esto es que la fe que aparece en esos estudios no tiene denominación obligatoria. No tiene que ser católica, ni protestante, ni budista, ni de ninguna tradición específica. Lo que los investigadores llaman espiritualidad abarca desde la práctica religiosa formal hasta formas más personales de conexión con algo que va más allá del individuo. La sensación de que la vida tiene un sentido que no depende solo de lo que ocurre en un momento dado.

Hay un dato que circula en la literatura y que me parece imposible de ignorar: más del 90% de la humanidad cree en alguna forma de trascendencia. No es una minoría. Es la mayoría aplastante de los seres humanos que han existido y que existen ahora mismo. La pregunta no es si creer es racional o irracional. La pregunta es qué hace esa creencia con la vida de quien la tiene.

Lo vi este año, en situaciones concretas.

Después de más de sesenta horas bajo los escombros en La Guaira, una mujer de ochenta años seguía viva. Cuando el rescatista llegó hasta ella, ella seguía respondiendo. Hay algo en esa imagen que no se explica solo con biología. O quizás sí se explica, y la biología de quienes tienen fe es distinta a la de quienes no la tienen, porque así lo muestran los estudios. Más cortisol regulado en situaciones de crisis. Mayor activación de los sistemas de apoyo social. Menor tendencia al aislamiento cuando todo se derrumba.

También lo vi en los voluntarios. Los que llegaron a los edificios derrumbados sin que nadie los llamara. Los que abrieron sus restaurantes a los rescatistas. Los que se quedaron durante días sin dormir porque no podían hacer otra cosa. No todos eran creyentes en el sentido formal del término. Pero todos estaban sostenidos por algo. Una convicción de que ayudar tenía sentido aunque nadie lo fuera a ver.

Eso también es fe. No necesita nombre.

Yo creo. Y creo de la manera que me resulta más honesta: sin certezas absolutas, con preguntas que no tienen respuesta fácil, con una relación con Dios que a veces parece más conversación que dogma. Pero el año que acaba de pasar me confirmó algo que ya intuía: que la fe no es un refugio de los débiles. Es una herramienta de los que deciden seguir.

No hace falta que sea la mía. Hace falta que sea de alguien.

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