Cuando Europa apaga el fuego de sus vecinos. Y Latinoamérica todavía busca el manual
Antes de continuar, quiero decir algo a todos los que están viviendo estos días los incendios en Madrid y Ávila. A los que tuvieron que salir corriendo de sus casas, a los que no saben todavía si tendrán algo a lo que volver, a los que llevan noches sin dormir viendo arder lo que construyeron durante años.
Madrid es mi hogar. Y verla así duele.
Gracias a cada bombero, a cada voluntario, a cada vecino que ayudó a quien tenía al lado. Esta ciudad, como toda ciudad que merece serlo, se levanta.
Esta semana, mientras los incendios arrasaban miles de hectáreas en Madrid y Ávila, algo ocurrió que me pareció tan fascinante como el desastre mismo.
Un avión griego sobrevolaba la sierra madrileña. Otro italiano. Cuatro Canadair en total, que llegaron en menos de 24 horas desde que España hizo la solicitud. Portugal y Países Bajos ya operaban en la zona. Francia preparaba un gigantesco A400M militar para lanzar retardante. Todo eso funcionando en coordinación, sin que ningún país tuviera que convencer a otro, sin negociación política de por medio, sin que nadie preguntara si había reciprocidad histórica o deudas pendientes entre estados.
Un mes antes, Venezuela sufría el terremoto de La Guaira. La ayuda llegó también, pero de otra manera. Con más demora, con menos coordinación automática, con más dependencia de la voluntad política de cada gobierno en cada momento.
La diferencia no es generosidad. Es arquitectura.
El mecanismo que Europa tardó décadas en construir
El Mecanismo de Protección Civil de la UE existe desde octubre de 2001 y lleva más de 830 activaciones desde entonces, con 64 solo en 2025. No nació de un impulso solidario espontáneo. Nació de la lección aprendida después de décadas de catástrofes mal coordinadas, donde cada país respondía solo, tarde y con recursos duplicados.
El mecanismo funciona así: cuando un estado miembro considera que sus propios recursos resultan insuficientes, solicita ayuda a través del Centro de Coordinación de la Respuesta a Emergencias en Bruselas, operativo las 24 horas. El centro analiza las necesidades y coordina el envío de recursos ofrecidos voluntariamente por los distintos países. No hay que convencer a nadie. Hay un protocolo. Hay una reserva estratégica llamada rescEU con aeronaves, equipos de protección y generadores. Y hay una cultura de décadas de usar ese sistema cada vez que hace falta.
Esta semana, con más de 70.000 evacuados en España, el Gobierno activó el mecanismo y en horas llegaron cuatro aviones anfibios de Grecia e Italia. Es la segunda vez que España activa este sistema para incendios forestales. No fue una excepción. Fue el procedimiento normal.
La UME: lo que nació de una vergüenza
Hay un detalle de la historia reciente de España que me parece tan relevante como el mecanismo europeo.
La Unidad Militar de Emergencias nació de una vergüenza. En la Navidad de 2004, una nevada atrapó a 6.000 conductores en la autovía A-6, en pleno acceso a Madrid. Zapatero, entonces presidente, recordó ese momento con una frase que lo dice todo: "Un Estado que es la octava potencia mundial, un Gobierno ante una tragedia, y yo soy el primer responsable de la seguridad de la gente. ¿Qué tengo a mi alcance? Prácticamente nada."
Diez meses después, el 7 de octubre de 2005, el Consejo de Ministros creó la UME. Hoy tiene 3.500 militares con capacidad de despliegue en menos de cuatro horas, ha completado más de 780 misiones y opera en 26 países. Esta semana fue la primera unidad en llegar a los focos de Madrid y Ávila, y fue la UME quien solicitó la activación del mecanismo europeo cuando sus propios medios resultaron insuficientes.
Lo que tardó en nacer fue precisamente el reconocimiento de que sin estructura, la voluntad no alcanza. Y en Venezuela también estuvo presente. La UME ha participado en misiones internacionales de apoyo humanitario, y su modelo de unidad militar especializada en emergencias civiles se ha convertido en referencia para otros países que quieren construir algo similar.
Lo que existe en Latinoamérica
Latinoamérica no carece de instrumentos. Lo que le falta es la práctica de usarlos.
UNASUR tiene un Manual de Cooperación para Asistencia Mutua frente a Desastres, que se activó cuando Ecuador sufrió un terremoto en 2016. Funciona. Tiene protocolos, grupos de trabajo de alto nivel, mecanismos de coordinación. Pero la mayoría de los ciudadanos latinoamericanos nunca escuchó hablar de él. Y los propios gobiernos lo activan de forma irregular, dependiendo de las relaciones diplomáticas del momento entre los países involucrados.
La CELAC ha avanzado en la acción concertada ante desastres naturales, además de logros en cooperación aeroespacial, programas contra el hambre y compras conjuntas de vacunas durante el COVID-19. Son avances reales. Pero el ciudadano promedio de Caracas, Bogotá o Lima no sabe que esos mecanismos existen, y mucho menos cuándo se activan o quién los coordina.
El problema de fondo es que en Europa la cooperación ante desastres se diseñó para funcionar por encima de las relaciones diplomáticas bilaterales. El mecanismo opera aunque Francia y Alemania tengan diferencias en otro frente. En Latinoamérica, la ayuda ante catástrofes todavía depende demasiado de si los presidentes de turno se llevan bien o no.
Venezuela y el terremoto de La Guaira
La respuesta internacional al terremoto del 24 de junio fue genuina y llegó de muchos países. Colombia, México, Ecuador, Panamá enviaron equipos de rescate. Los Topos de México llegaron con su protocolo y su experiencia. Cuba envió médicos. La CAF creó un fondo de hasta 200 millones de dólares para la recuperación.
Pero esa respuesta llegó país por país, cada uno moviéndose según sus propios tiempos y capacidades. No hubo un centro de coordinación regional que dijera en tiempo real qué faltaba, qué estaba duplicado, qué zona necesitaba más recursos y cuál ya tenía suficientes. Cada equipo llegaba a coordinar sobre el terreno lo que un mecanismo bien diseñado habría coordinado antes de que aterrizaran.
No es crítica a la solidaridad, que fue real. Es una pregunta sobre la arquitectura.
Lo que falta
El contraste entre Europa y Latinoamérica en este campo no es de voluntad sino de institucionalidad acumulada. Europa tardó décadas en construir un sistema que funciona casi automáticamente. Latinoamérica tiene los tratados, tiene los organismos, tiene incluso los manuales. Lo que no tiene todavía es la práctica sostenida de usarlos con independencia de la temperatura política entre gobiernos.
Hay una frase que el secretario general de UNASUR usó cuando se activó el manual para Ecuador en 2016: "Este instrumento existe para que la solidaridad no dependa de las circunstancias." Es exactamente lo que describe la diferencia.
La solidaridad latinoamericana ante desastres es real y probada. Pero todavía depende demasiado de las circunstancias. El día que deje de depender de ellas, la región habrá dado un salto que vale mucho más que cualquier tratado firmado en papel.