Lejos pero no ausentes: lo que la diáspora venezolana puede hacer por Venezuela sin regresar

Hoy se cumple un mes del terremoto que sacudió La Guaira y Caracas el 24 de junio. Un mes desde que los teléfonos empezaron a sonar sin parar, desde que las imágenes de edificios derrumbados llenaron las pantallas de millones de venezolanos repartidos por el mundo. Un mes desde que la pregunta de si los tuyos estaban bien se convirtió en lo único que importaba.

No olvidamos. Y no vamos a olvidar.

Pero tampoco podemos quedarnos solo en el dolor. Hay una pregunta que esta fecha obliga a hacerse: ¿qué ha cambiado en este mes? ¿Qué puede hacer la diáspora ahora que el ruido mediático bajó y la emergencia sigue siendo real para quienes la viven desde adentro?

Hay una frase que Tomás Páez, director del Observatorio de la Diáspora Venezolana, repite desde hace años y que esta semana me resuena con una fuerza distinta: "No se puede pensar ni hacer política económica, social o institucional en Venezuela al margen de su diáspora global."

No es retórica. Es un diagnóstico.

Somos casi 9 millones de venezolanos repartidos por más de 500 ciudades y 1.500 municipios del mundo. Una encuesta del Observatorio publicada en febrero de 2026, con 1.266 migrantes encuestados, revela algo que parece una paradoja pero que en realidad es una oportunidad: el 95% de la diáspora está comprometida con la reconstrucción de Venezuela. Y solo el 11% tiene planes concretos de regresar en el corto plazo.

Eso no es contradicción. Es la nueva geografía de un país que aprendió a existir más allá de sus fronteras.

El error de pensar que contribuir es lo mismo que regresar

Durante décadas, el modelo que teníamos en la cabeza era el del profesional venezolano que se va a formarse afuera y vuelve a construir. Mis padres lo vivieron así. Muchos de los que nos fuimos lo creímos también, al principio. Pero los años pasan, las raíces se plantan en otro suelo, y la pregunta de cuándo regresar empieza a parecerse cada vez más a una pregunta sin respuesta clara.

El 44,5% de los encuestados consideraría volver si las condiciones mejoran. El 19% prefiere quedarse fuera. Y casi la mitad ya está completamente integrada en sus países de acogida, con familias, trabajos estables y una calidad de vida que, según el mismo estudio, el 84% califica como buena o muy buena.

Pero todos, casi sin excepción, siguen mirando hacia allá.

Lo que está cambiando es el concepto de cómo se contribuye. Ya no es necesario empacar maletas para aportar. Las distancias se acortaron de una manera que ninguna generación anterior de migrantes venezolanos tuvo a su disposición. Una videoconferencia alcanza donde antes hacía falta un vuelo. Una transferencia bancaria llega en minutos a donde antes tardaba semanas en forma de remesas informales.

Lo que ya está ocurriendo

No hay que esperar a que llegue el "día después" para que la diáspora empiece a construir. Ya está construyendo, de forma silenciosa y sin grandes titulares.

Desde Barcelona, una arquitecta lidera un fondo que rehabilita viviendas en Mérida. Desde Miami, un grupo de ingenieros desarrolla software para optimizar clínicas rurales en Venezuela. Desde Santiago, una cooperativa exporta cacao venezolano con sello de origen al mercado europeo. Son microiniciativas, pero son reales, son verificables y son el boceto de algo más grande.

Las remesas son el canal más conocido: más de 4.000 millones de dólares anuales entran a Venezuela a través de ellas, según la consultora Ecoanalítica. Para millones de familias en Caracas, Maracaibo o Mérida, esos dólares no son un complemento. Son la base del consumo cotidiano. Son lo que paga la comida, el médico y la luz.

Pero el dinero es solo una parte. El Observatorio identifica otras tres formas de contribución que suelen pasar desapercibidas: la transferencia de conocimiento, donde profesionales y académicos venezolanos en universidades extranjeras asesoran proyectos o dictan cátedras de forma remota; las inversiones semilla, donde pequeños capitales financian emprendimientos de familiares o socios comerciales dentro del país; y la diplomacia pública, donde organizaciones de la diáspora documentan, denuncian y crean vínculos institucionales con los países donde viven. Son, en palabras de Páez, "ocho millones y medio de embajadores que representan la mejor referencia que tiene Venezuela."

El espejo armenio

Armenia perdió entre un millón y un millón y medio de personas en el genocidio de 1915. Los que sobrevivieron huyeron a Argentina, Francia, Estados Unidos, Líbano, Brasil. Allí donde llegaban, construían escuelas, clubes, iglesias, fundaciones. No porque sobrara el dinero, sino porque entendían que las redes eran lo más valioso que podían preservar. Las tierras, los edificios, las fábricas: todo eso se perdió. Pero las redes sobrevivieron. Y fueron esas redes las que permitieron reconstruir comunidades enteras durante décadas, mantener viva una identidad y eventualmente contribuir a la independencia de Armenia en 1991.

El paralelismo no es perfecto. Pero la lógica es la misma: una diáspora que mantiene sus redes, su identidad y su compromiso con el origen puede hacer más por un país desde afuera que muchos actores desde adentro.

Lo que falta

El estudio del Observatorio es esperanzador pero también honesto sobre los obstáculos. El principal no es la falta de voluntad. Es la falta de canales institucionales que conviertan esa voluntad en acción organizada.

Para que la diáspora contribuya de forma efectiva a la reconstrucción se necesitan mecanismos de homologación de títulos que permitan a los profesionales venezolanos ejercer en Venezuela sin burocracia kafkiana. Canales formales de inversión que den seguridad jurídica a quienes quieren poner capital en proyectos dentro del país. Plataformas de conexión entre el talento venezolano en el exterior y las necesidades concretas que tiene el país en cada sector. Y, sobre todo, la certeza de que el aporte no será ignorado, confiscado ni penalizado.

Sin esas condiciones, la contribución seguirá siendo informal, fragmentada y mucho menor de lo que podría ser.

La nueva frontera

Venezuela tiene hoy una frontera que no aparece en ningún mapa pero que es real: la que separa el país físico del país expandido. Los casi 9 millones que viven afuera no son una pérdida. Son una extensión. Una reserva de capital humano, intelectual y financiero que ninguna otra nación latinoamericana de tamaño comparable tiene en proporciones similares.

Lo que ocurra con esa reserva en los próximos años dependerá de si Venezuela logra crear los puentes para aprovecharla. Pero también dependerá de nosotros, de si entendemos que el compromiso no tiene pasaporte y que las distancias, hoy, son más cortas que nunca.

Un mes después del terremoto, la emergencia mediática pasó. La emergencia real no. Y la diáspora, que respondió en las primeras horas con aplicaciones, redes de psicólogos, campañas de donación y verificación de información, tiene que decidir si eso fue un sprint o el arranque de algo más largo.

Yo creo que fue el arranque.

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