Nadie sabe que está viviendo un buen año hasta veinte años después

En el verano de 1975 Portugal parecía a punto de romperse.

Había pasado poco más de un año desde la Revolución de los Claveles, y aquel país que el mundo había visto celebrar con flores en los fusiles llevaba meses de huelgas, ocupaciones de tierras, periódicos intervenidos y dos intentos de golpe en el mismo año. En marzo lo intentó Spínola desde la derecha. En noviembre lo intentaron sectores de la izquierda radical. Entre una fecha y otra hay un período que los portugueses llaman el Verano Caliente, y hay historiadores que cuentan que se llegó a temer una guerra civil.

Un portugués de 1975, leyendo el periódico de la mañana, tenía todos los motivos del mundo para pensar que aquello había sido un error. Hoy Portugal es una democracia europea con alternancia, elecciones normales y cuarenta y muchos años de estabilidad institucional.

Llevo un tiempo dándole vueltas a esto. Las transformaciones se cuentan siempre por el día grande, el de las fotos: el muro cayendo, los claveles, la firma de un acuerdo. Casi nunca se cuenta el año siguiente, que es cuando la gente lo pasa mal de verdad y empieza a dudar de todo.

Con Alemania pasó algo parecido. La caída del muro en 1989 fue euforia pura y casi nadie recuerda la resaca. Se creó una agencia, la Treuhand, para privatizar las empresas del este. En sus manos trabajaban unos cuatro millones de personas, y a comienzos de los noventa alrededor de dos millones y medio se quedaron sin empleo. En 1999 el paro en los estados orientales rondaba el 19,5%. Hoy el PIB por habitante del este sigue por debajo del oeste, y existe una palabra alemana, Ostalgie, para nombrar la nostalgia de quienes echan de menos algo de la vida anterior. Aun así, no conozco a nadie sensato que sostenga que el muro debía seguir en pie.

Y luego está España, que la tengo delante todos los días. La Transición se cuenta hoy como un proceso ordenado, casi de manual. Quien la vivió la cuenta de otra manera. Franco murió en noviembre del 75, las primeras elecciones libres fueron en junio del 77, la Constitución llegó a finales del 78, y en febrero del 81 entró un teniente coronel a tiros en el Congreso. Seis años. A nadie le pareció ordenado mientras ocurría.

Lo que tienen en común los tres casos no es el día del acontecimiento.

Es lo que vino después, y es bastante menos fotogénico. Constituciones redactadas a lo largo de meses de discusión. Sistemas judiciales rehechos. Administraciones públicas reorganizadas. Reformas educativas que tardan una generación en notarse. Miles de personas haciendo un trabajo técnico, largo y sin ningún atractivo, en el que nadie repara hasta que funciona.

De ahí salen dos conclusiones que no se llevan bien entre sí, y creo que hay que aceptar las dos.

La primera es que el acontecimiento por sí solo no garantiza nada. Un país no se arregla el día que cambia algo. Se arregla, si se arregla, en los quince años siguientes, y depende de decisiones que en su momento parecen menores.

La segunda es que el desastre aparente del año siguiente tampoco condena nada. La sensación de que todo está saliendo mal no es información fiable sobre cómo va a terminar. Los portugueses del 75 la tenían, y se equivocaban.

Esto no es optimismo. El optimismo dice que todo saldrá bien, y no todo sale bien; hay transformaciones que terminaron peor de lo que empezaron. Es otra cosa, más modesta: que el momento de mayor confusión no es el momento de emitir el veredicto.

Lo pienso porque me toca ver a bastante gente convencida de que su país no tiene arreglo, y he notado que casi siempre esa certeza se sostiene en el año que están viviendo. Es una muestra pequeña para una conclusión tan grande.

Al portugués de agosto del 75 le habría parecido una broma que le dijeran cómo iba a terminar aquello. Y sin embargo alguien, en esos mismos meses, estaba sentado redactando artículos de una constitución que nadie leería con atención hasta mucho después.

Ese trabajo nunca sale en las fotos. Es el único que sostiene el resto.

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