GEGO · Lo que pesa una línea

Una de las artistas más importantes de Venezuela nació en Hamburgo. En 2023 el Guggenheim de Nueva York le dedicó una gran retrospectiva, Gego: Measuring Infinity, que después viajó al Guggenheim de Bilbao. Y su historia empieza en la misma ciudad y en los mismos años que la de Eva Hesse, de la que escribí hace unas semanas. Solo que esta vez el camino terminaba en Caracas.

Retrato de GEGO por el fotógrafo Reinaldo Armas © Fundación Gego

Se llamaba Gertrud Goldschmidt, aunque desde pequeña todos la llamaban Gego. Nació en Hamburgo en 1912, en una familia judía, sexta de siete hermanos. Estudió Arquitectura e Ingeniería en Stuttgart y terminó la carrera en 1938. Tenía el título recién impreso cuando su país ya había decidido que ella sobraba.

Su familia consiguió salir antes. Ella se quedó en Hamburgo, sola, pidiendo visados para países donde se hablara inglés. Ninguno le contestó que sí. El único que le abrió la puerta fue Venezuela, un país del que seguramente sabía muy poco. En 1939 llegó a Caracas sin hablar una palabra de español.

Me gusta pensar en ese momento. Una arquitecta de 27 años, formada en una de las escuelas más exigentes de Europa, que baja de un barco en el Caribe y tiene que empezar desde el saludo. Trabajó como arquitecta, diseñó, montó su propio taller de muebles. Hizo lo que hace casi todo el que llega a un sitio nuevo: aceptar lo que había y aprender el idioma por el camino.

Gego instalando la Reticulárea en el Museo de Bellas Artes, Caracas, 1969.
Foto: Paolo Gasparini © Archivo Fundación Gego.

El arte llegó después, y llegó despacio. Gego empezó a dibujar líneas. Luego las sacó del papel. Usó alambre, varillas finas, pequeños nudos de metal, y con eso armó redes que cuelgan del techo y ocupan una sala entera sin pesar casi nada. En 1969 empezó la serie que la haría conocida, las Reticuláreas. Entras en la habitación y es como caminar dentro de un dibujo. La línea sale de la hoja y te rodea, y cambia según desde dónde la mires.

Hay varias en la colección del MoMA, como Square Reticularea 71/11. Gego hablaba de sus redes como líneas y espacio, sin grandes explicaciones. A mí me cuesta no ver algo más. Una mujer que tuvo que dejar atrás su casa, su idioma y a su familia, y que pasó la vida haciendo estructuras que se sostienen con muy poco, que dejan pasar el aire y que se pueden desmontar. Puede que ella no lo pensara así. Pero la obra a veces sabe cosas que el artista no dice.

Aquí vuelvo un momento a Eva Hesse. Eva salió de Hamburgo en diciembre de 1938 y Gego pocos meses después. Una tenía dos años y la otra veintiséis. Una acabó en Nueva York y la otra en Caracas. No hay constancia de que se conocieran. Y las dos terminaron haciendo esculturas ligeras, casi frágiles, con materiales que nadie usaba para hacer arte: Eva con látex y fibra de vidrio, Gego con alambre. Dos maneras distintas de contar que lo sólido no siempre es lo que más dura.

Instalación de la Reticulárea con niños © Fundación Gego

Gego se quedó en Venezuela el resto de su vida. Murió en Caracas en 1994. Durante años fue más conocida allí que fuera, y solo en las últimas décadas los grandes museos del mundo se han puesto a mirarla con calma. El MACBA la sitúa, junto a Lygia Clark y Mira Schendel, entre las artistas sudamericanas más importantes de la segunda mitad del siglo XX.

Pienso en los venezolanos que hoy viven fuera, muchos aquí en España, que también llegaron a empezar desde el saludo. Y pienso en ella haciendo el camino al revés, de Europa a Caracas, y encontrando en ese país la tierra donde pudo hacer su obra. Las ciudades que reciben a la gente también se quedan con algo de ella. Caracas se quedó con Gego.

Si alguna vez ven una de sus redes en un museo, colgando del techo, quédense un rato debajo. Desde un lado parece un caos. Das dos pasos y todo encaja.

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