La niña que llegó en tren

El MoMA anunció la semana pasada que en 2027 le dedicará una exposición a Eva Hesse. Se llama Wild Space, abre el 30 de mayo y cierra el 25 de septiembre, y reunirá más de 150 obras. Es la primera muestra grande que se le dedica desde 2002. Yo no sabía quién era y fui a averiguarlo.

Retrato de Eva Hesse en su estudio sosteniendo una obra, con el titular «La niña que llegó en tren expone en el MoM

Lo que propone la exposición tiene su gracia. La comisaria, Lanka Tattersall, viene del departamento de estampas y dibujos, y el planteamiento es mirar sus dibujos para entender sus esculturas. O sea, empezar por los papeles, por lo que ella hacía antes de hacer la obra. La pieza central será Contingent, de 1969.

Hesse nació en Hamburgo en 1936, en una familia judía. En diciembre de 1938 sus padres la subieron a un tren con su hermana mayor. Ella tenía dos años, la hermana diez, y viajaron solas. Los padres se quedaron en el andén sin saber si volverían a verlas. Se reencontraron seis meses después, pasaron por Inglaterra y en 1939 llegaron a Nueva York, a un barrio donde medio vecindario venía huyendo de lo mismo.

Su padre había sido abogado en Hamburgo. Al llegar, ese título no valía nada, así que se ganó la vida vendiendo seguros. Esa parte me detuvo más de lo que esperaba. Lo que sí conservó fue una costumbre: llevaba cuadernos donde anotaba la vida de sus hijas, uno para cada una. Eva heredó la manía y escribió diarios el resto de su vida. El hombre perdió la profesión y siguió registrando.

Su carrera duró unos diez años. Murió en 1970, a los 34, de un tumor cerebral, y en ese tiempo cambió la escultura del siglo XX. Trabajaba con látex, fibra de vidrio, cuerdas, plásticos. Materiales blandos, industriales, que entonces nadie consideraba dignos de un museo.

Y aquí está lo que convierte esta exposición en algo más que una exposición. Esos materiales se degradan. El látex se oscurece, pierde fuerza, se deshace. Hay obras suyas que ya no se parecen a lo que fueron y otras demasiado frágiles para moverlas. Ella lo sabía, se lo advirtieron, y siguió igual. Montar una muestra de 150 piezas así significa que alguien lleva años peleándose con obras que se caen a pedazos, decidiendo cuáles aguantan un viaje y cuáles no.

Antes de seguir tengo que decir algo, porque si no parece que voy montando una moraleja. Los críticos llevan décadas discutiendo si leer la vida de Hesse dentro de su obra ilumina algo o es la salida fácil. Hay quien sostiene que hablamos tanto del tren y del tumor que dejamos de mirar las esculturas. El argumento me parece justo. Yo no sé resolverlo.

Pero hay una coincidencia que no se me quita de encima. Una familia que sale corriendo con lo puesto termina produciendo una artista que fabrica cosas destinadas a deshacerse, y un museo que décadas después se gasta una fortuna en sostenerlas.

Conozco familias que montaron una casa dos veces. La primera con calma, eligiendo los muebles a lo largo de años. La segunda en tres meses y con lo que se pudo. Conozco gente con títulos colgados en una pared que no sirven al otro lado del océano. No hace falta irse a 1938 para encontrarlo, ni es exclusivo de ningún país.

Contingent, de 1969 Eva hesse

Y en esas casas siempre hay un cajón con cosas sin ningún valor. Una foto doblada, una carta, un objeto pequeño que viajó en una maleta cuando el espacio estaba contado. Nada de eso resiste el tiempo. El papel amarillea, la tinta se borra. Y aun así alguien decidió cargarlo, y alguien lo guarda todavía.

En 2027, en Nueva York, va a haber gente haciendo exactamente eso a escala industrial. Restauradores, conservadores, técnicos discutiendo cómo mover una pieza que ya no aguanta su propio peso, para que durante cuatro meses alguien pueda entrar a mirarla.

Lo frágil dura si hay quien se ocupe. No es una conclusión brillante, pero sirve igual para una escultura de látex que para casi todo lo demás.

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