El valor de la palabra en tiempos de ruido
Vivimos en una época en la que la palabra, antaño símbolo de honor y compromiso, parece haberse diluido en un océano de información y promesas efímeras. Decir algo y cumplirlo solía ser la base de toda relación humana: desde los acuerdos más solemnes entre naciones hasta los pactos familiares y amistosos. Sin embargo, hoy las palabras vuelan ligeras, se repiten sin peso, y muchas veces se olvidan antes de que puedan convertirse en hechos.
Como abogado, sé bien que la palabra tiene un poder que va más allá de su enunciado. En el derecho, un contrato no es otra cosa que un compromiso verbal formalizado por escrito. Pero, ¿qué ocurre cuando incluso fuera de los tribunales las promesas se vacían de contenido? ¿Qué sucede cuando el “te llamaré”, el “puedes contar conmigo” o el “mañana lo hacemos” se vuelven frases de cortesía sin intención real de cumplimiento?
La sobreabundancia de mensajes y la velocidad con la que se intercambian ha erosionado el valor de la palabra. La comunicación digital nos permite hablar más que nunca, pero también nos ha hecho más propensos a prometer sin pensar y a olvidar sin querer. Y cuando la palabra pierde su fuerza, la confianza se resiente. Sin confianza, la vida en común se vuelve más frágil: los negocios, la amistad, el amor, incluso la política.
Recuperar el valor de la palabra no es un gesto romántico, es una necesidad social.
Cumplir lo que decimos no requiere grandes gestas, sino atención y respeto por el otro. Se trata de no prometer lo que no se puede cumplir, de no usar palabras vacías para salir del paso. Se trata de honrar lo que decimos, aunque sean cosas pequeñas: asistir a la cena familiar a la que dijimos que iríamos, entregar el proyecto en el plazo acordado, responder al amigo al que dijimos “te escribo luego”.
En una época donde la posverdad y la saturación informativa parecen haber relativizado todo, la palabra sigue siendo el hilo invisible que sostiene nuestras relaciones y nuestras instituciones. Recuperar su peso es un acto de resistencia y, al mismo tiempo, de esperanza. Porque cuando la palabra vale, la sociedad se fortalece; y cuando una sociedad se fortalece, la justicia y la convivencia tienen futuro.
Quizá ha llegado el momento de recordar que decir es hacer. Que nuestras palabras nos definen, y que de su cumplimiento depende nuestra credibilidad como individuos y como comunidad. No se trata de hablar menos, sino de hablar mejor, con conciencia, con compromiso. Devolverle a la palabra su dignidad es devolvernos a nosotros mismos la capacidad de confiar.