La vuelta del verano y la sensación de pausa eterna
El final del verano siempre deja una sensación extraña, como si el tiempo se partiera en dos. Durante esos meses de calor, las ciudades parecen rendirse a un sopor necesario: las calles se vacían de su ritmo habitual, el tráfico disminuye y hasta las conversaciones parecen más ligeras, más dadas a la divagación que a la urgencia. Madrid, por ejemplo, se convierte en un escenario donde los turistas caminan con calma por espacios que, en invierno, son territorios de paso apresurado. Los madrileños se dispersan entre playas, montañas y pueblos, y la ciudad queda envuelta en un silencio raro, casi teatral.
El regreso, sin embargo, es otra historia. Septiembre trae consigo el bullicio, los horarios estrictos, la agenda llena. Todo se acelera: los correos electrónicos pendientes, las reuniones de proyectos dormidos durante semanas, los compromisos familiares y sociales que parecían suspendidos. Es como si de pronto alguien encendiera un motor colectivo y todos tuviéramos que correr para alcanzar el mismo ritmo.
Y, sin embargo, ese contraste tiene algo revelador.
El verano, con su pausa, funciona como un espejo. En la calma vemos lo que solemos ignorar: lo que nos falta, lo que nos sobra, lo que en realidad importa. De repente descubrimos que el silencio nos sienta bien, que leer sin mirar el reloj es un lujo, que escuchar a alguien sin prisa crea otra clase de vínculo. La vuelta del verano es, entonces, más que un retorno a la rutina: es un examen de conciencia, una oportunidad para preguntarnos qué queremos conservar de ese paréntesis y qué preferimos dejar atrás.
Porque, ¿qué sentido tiene volver si lo hacemos igual que antes? ¿No sería más honesto tratar de arrastrar algo de esa calma a la vida diaria? No hablamos de vivir en vacaciones eternas —imposibles en un mundo que exige producir, responder y cumplir—, sino de rescatar pequeñas islas de serenidad: un paseo sin teléfono, una comida sin interrupciones, un “no” dicho a tiempo para no sobrecargarnos de compromisos vacíos.
La sociedad moderna nos empuja a pensar que el año empieza en enero, pero en realidad es septiembre el verdadero comienzo. El verano marca un cierre, como un punto y aparte; el otoño inaugura un nuevo capítulo. Tal vez por eso la vuelta viene cargada de propósitos, de libretas nuevas, de promesas de organización. Pero esos propósitos solo tendrán valor si nacen de la experiencia del verano, de la conciencia de lo vivido.
La vuelta no es, entonces, simplemente regresar: es también decidir cómo queremos estar en el ruido, cuánto del silencio del verano estamos dispuestos a proteger, y qué aprendizajes dejamos que se diluyan en la prisa. Porque en ese ejercicio no solo se juega nuestra rutina, sino también nuestra manera de habitar el tiempo.