Cuando la muerte toca a los nuestros, el dolor no conoce fronteras
Miguel Uribe Turbay
(28/01/1986 - 11/08/2025)
La noticia de la muerte de Miguel Uribe Turbay no solo enluta a Colombia; nos golpea a todos los que creemos en el servicio público como una vía para transformar realidades. La tragedia de una vida joven, interrumpida abruptamente duele en cualquier geografía, pero cala más hondo cuando se trata de alguien que dedicó su esfuerzo a tender puentes, a dialogar, a construir.
Como exiliado político venezolano, sé bien que el dolor no necesita pasaporte. Lo que ocurre en Bogotá duele en Caracas, en Madrid, en cualquier ciudad donde haya quienes anhelamos sociedades más justas. La muerte de Miguel no es solo una pérdida para su familia —a quienes abrazo en la distancia con profundo respeto— sino para toda una generación que necesita referentes de servicio y compromiso.
En momentos como este, no se trata de banderas ni de ideologías. Se trata de humanidad. De reconocer que el ejercicio político debería proteger la vida, no segarla. De comprender que nuestra responsabilidad, quienes seguimos en pie, es no dejarnos arrastrar por el cinismo o la indiferencia.
Hoy pienso en su familia, en el vacío imposible de llenar. Pero también pienso en lo que podemos hacer quienes aún tenemos voz. Que la muerte de Miguel no sea solo una cifra en la estadística de la violencia, sino un recordatorio de que debemos cuidar y defender a quienes se atreven a servir. Porque el compromiso político no debería ser una sentencia de riesgo.
Desde aquí, envío mis condolencias a su familia y a quienes lo quisieron. Que encuentren consuelo en saber que su vida dejó huella, y que quienes lo sobrevivimos tenemos la tarea de honrar esa huella trabajando por un futuro en el que ningún joven que sirve a su país deba morir así.