El arte también cumple años

Hoy cumplo años. Y en lugar de ponerme a hacer balance, que es lo que se espera de uno en estas fechas, me topé con algo que me pareció mucho más interesante: el arte también tiene cumpleaños.

El cumpleaños del arte, celebrado cada 17 de enero desde que Robert Filliou lo declaró en 1963

Robert Filliou

Se celebra el 17 de enero. Lo decidió un hombre llamado Robert Filliou, artista francés del grupo Fluxus, en 1963. Ese día él cumplía treinta y siete años y, en medio de una conversación con amigos, anunció que el arte cumplía exactamente un millón. Le preguntaron cómo lo sabía. Su respuesta fue que hace un millón de años alguien dejó caer una esponja seca en un cubo de agua, y de ahí salió todo.

Eso es todo. Ni un genio, ni un taller, ni una revelación divina. Una esponja y un cubo.

La broma podría haber muerto esa noche. En cambio creció durante diez años, hasta que en 1973 Filliou organizó en Aquisgrán la fiesta del cumpleaños 1.000.010 del arte. Sacaron los cuadros de los museos y los llevaron a la calle. Hubo orquestas y fuegos artificiales. Filliou había pedido que ese día nadie trabajara y que los niños no fueran al colegio, y la ciudad le hizo caso: cerraron oficinas, escuelas y fábricas. Desde entonces se celebra cada 17 de enero en distintos lugares del mundo. En enero de este año, una fundación de Los Ángeles celebró el cumpleaños 1.000.063.

Filliou dejó escrita una frase que llevo un rato masticando: el arte es lo que hace la vida más interesante que el arte.

Lo que me gusta de su ocurrencia es dónde coloca el origen. No en la obra maestra, en el museo ni en el mercado. En un gesto cualquiera, hecho por alguien cuyo nombre no importa, un día cualquiera, junto a un riachuelo. Filliou lo escribió así en un poema: ese hombre murió, pero el arte sigue vivo, y esta historia no necesita nombres.

Uno cumple años y la tentación es medir la vida en hitos. Los títulos, los cargos, las mudanzas, las cosas que salieron y las que no. Ese inventario suele dejarme insatisfecho, y sospecho que le pasa a mucha gente. Los hitos son pocos y están separados por años enteros de vida real, que es donde de verdad ocurre casi todo.

La vida real se parece más a la esponja de Filliou. Una conversación que te cambia una idea. Un libro que aparece en el momento justo. Una comida de domingo que se alarga hasta la noche sin que nadie mire el reloj. Alguien que se toma la molestia de llamar. Gestos que no entran en ningún currículum y que son, casi siempre, lo único que uno recuerda con precisión veinte años después.

Hay un cuadro de Marc Chagall de 1915 que se llama justamente "El cumpleaños". Lo pintó poco antes de casarse con Bella. En la escena ella entra con un ramo de flores y él la besa flotando, con el cuerpo torcido en el aire de una manera que no resiste ninguna ley física. No hay épica en ese cuadro. Hay una habitación pequeña, una alfombra, una ventana y dos personas que se quieren. Chagall pintó eso mientras Europa se desangraba en la Primera Guerra Mundial, con las fronteras cerradas y su plan de vida completamente roto.

Hay otro cuadro, de John Singer Sargent, que retrata el cumpleaños del hijo pequeño de unos amigos suyos. La luz de las velas, la cara del niño a punto de soplar, los padres alrededor. Ni siquiera se puede fechar con certeza porque no queda claro si las velas son seis o siete. Un momento doméstico, de esos que nadie consideraría histórico, pintado con el mismo cuidado que Sargent ponía en los retratos de aristócratas.

Los dos cuadros hacen lo mismo que Filliou con su esponja: ponen el peso donde nadie suele ponerlo.

Cumplir años, al final, es una fecha arbitraria. Nada cambia entre el día anterior y el siguiente. Pero la arbitrariedad tiene su utilidad, porque obliga a detenerse un rato y mirar alrededor. Y cuando miro, lo que veo no son los hitos. Es la gente que sigue estando, la mesa, las conversaciones largas, los libros apilados, las ganas intactas de seguir aprendiendo cosas que no sabía.

Filliou decía que había que celebrar el arte en la vida, no en las paredes. Me parece una buena instrucción para un cumpleaños, y también para el resto de los días.

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