El Camino de Santiago: andar para escucharse

Hace más de mil años, peregrinos de toda Europa emprendían una travesía hacia Compostela siguiendo las estrellas y las leyendas. Decían que allí reposaban los restos del apóstol Santiago y que, al llegar, se obtenía el perdón de los pecados. Con el tiempo, el Camino se convirtió en uno de los ejes culturales y espirituales de Occidente: una red de rutas —la Francesa, la Primitiva, la del Norte, la Vía de la Plata— que desembocan en una misma promesa de encuentro. No solo con una ciudad o una catedral, sino con algo más profundo: uno mismo.

Hay caminos que no se recorren con los pies, sino con la memoria, con las preguntas que uno lleva a cuestas y con el silencio que, poco a poco, aprende a escuchar. El Camino de Santiago es uno de esos lugares donde la geografía se convierte en espejo. Lo saben los que han madrugado bajo el frío gallego y también los que han sentido el sol castellano quemarles la nuca mientras cada paso les recordaba que el verdadero viaje es hacia adentro.

No importa si uno cree o no cree.

No importa si el impulso inicial fue religioso, turístico o una huida disfrazada de vacaciones. El Camino se encarga de despojarte de las etiquetas, de enfrentarte a tu propio ritmo. Allí no hay algoritmos, ni métricas, ni un guion sobre qué deberías sentir. Hay polvo, ampollas y conversaciones inesperadas con desconocidos que, de alguna forma, te conocen más que quienes llevan años a tu lado.

Caminar durante horas en silencio te enseña la brutal honestidad de tu mente: lo que duele, lo que pesa, lo que callaste demasiado tiempo. Pero también, lo que sigue vivo y merece ser cuidado. El Camino se vuelve un ritual: cada albergue, cada piedra con flecha amarilla, cada saludo de “¡Buen Camino!” es una invitación a reconocer que no estamos tan solos, que la vida está hecha de cruces y de encuentros que dejan huella.

Recuerdo haber visto lágrimas en personas que no sabían por qué lloraban. Como si el cuerpo entendiera antes que la razón que era hora de soltar. También vi sonrisas en rostros agotados al ver la torre de la catedral asomar a lo lejos. La emoción de llegar no es solo por el fin del recorrido, sino porque uno siente que algo en su interior también ha llegado a casa.

Quizás eso sea lo más revolucionario del Camino de Santiago:

No te promete respuestas, pero sí el espacio para formular preguntas que nunca te habías permitido hacer. Caminar para encontrarse, para reconciliarse, para entender que la vida no es una carrera hacia ningún destino final, sino una suma de pasos conscientes.

Algunos dicen que después de Santiago nada cambia. Yo no estoy tan seguro. Quizás el mundo siga igual, pero tú ya no miras con los mismos ojos. Y eso basta.

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