Volver a las aulas

Después de meses de observar, entendí que mirar no era suficiente. Había ordenado ideas, tomado distancia, recuperado ritmo. Pero faltaba algo más profundo: entender con mayor estructura. No solo interpretar lo que ocurría, sino volver a pensarlo desde sus bases.

Fue entonces cuando sentí una necesidad clara, casi física: regresar a las aulas.

No fue un regreso nostálgico. No volví a la universidad desde la práctica, ni desde la urgencia profesional. Volví desde la inquietud, desde esa sensación de que el mundo estaba cambiando a una velocidad que exigía algo más que experiencia. Buscaba rigor, buscaba contraste, buscaba conversación. Y, sobre todo, buscaba ampliar la mirada.

Ese regreso tomó forma a través de una invitación. Tuve la oportunidad de volver a la Universidad Complutense de Madrid como invitado del profesor Miguel Vázquez, un viejo amigo, quien dirige varias cátedras y el Máster en Teoría Política y Cultura Democrática, donde se imparte la asignatura de Pensamiento Político Iberoamericano Contemporáneo.

No fue una visita protocolaria. Fue un reencuentro con el pensamiento.

Conversar con él, ya no desde la posición de quien aprende por primera vez, sino desde la experiencia acumulada, me permitió recuperar preguntas que había dejado en pausa. No se trataba de repasar conceptos, sino de confrontarlos con una realidad que hoy es más compleja, más fragmentada y, al mismo tiempo, más interconectada.

Durante años, el derecho ha sido una herramienta central en mi trayectoria. Como abogado, uno tiende a moverse en la ejecución, en la aplicación concreta, en la resolución de lo inmediato. Pero volver a él desde la academia lo cambia todo. Porque en el ejercicio profesional, el derecho se aplica. En la universidad, el derecho se cuestiona. Y en ese cuestionamiento encontré algo necesario: la posibilidad de desmontar certezas, de revisar estructuras, de entender cómo los marcos jurídicos dialogan, o no, con los cambios sociales, políticos y culturales que atraviesan hoy Iberoamérica y el mundo.

Hay algo que no se puede ignorar: el contexto actual exige pensamiento expansivo. No basta con dominar una disciplina, no basta con haber recorrido un camino. Hoy, más que nunca, se hace necesario entender las intersecciones: entre política y cultura, entre derecho y sociedad, entre historia y presente. Y en ese proceso, lo académico deja de ser un refugio para convertirse en un espacio de construcción.

También hay una dimensión más personal en todo esto. Tener una hija joven cambia la manera en que uno se relaciona con el conocimiento. No se trata solo de entender el mundo actual, sino de anticipar el que viene, de preguntarse qué herramientas serán realmente útiles, qué pensamiento será relevante, qué tipo de criterio hará falta. Acercarme de nuevo a la universidad fue también una forma de responder a esa inquietud. No desde la teoría pura, sino desde la responsabilidad.

No regresé a la universidad para acumular conocimiento. Regresé para cuestionarlo, para ampliarlo, para seguir construyendo desde un lugar menos inmediato, pero más consciente.

Porque si algo he entendido en este tiempo es que comprender el mundo no es un acto puntual. Es un ejercicio continuo.

Y a veces, para avanzar, hay que volver.


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Cuando todo pasa… y ya no pasa nada